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En los albores de nuestra cultura, aproximadamente hacia el 2500 a.C. surgió una civilización con grandes rostros, conformada por pueblos étnica y lingüísticamente diferentes pero unidos por una sola visión del mundo. Estos pueblos se desarrollaron en la región comprendida hoy por parte de México y América Central, caracterizados por algunos elementos culturales comunes, como el uso del calendario, el cultivo del maíz, los sacrificios humanos y un estilo artístico con rasgos únicos. Paul Kirchhoff denomina en 1943 a esta región como Mesoamérica y las culturas que en ella surgen estuvieron cimentadas fundamentalmente sobre tres bases: el sedentarismo, la agricultura y la alfarería. Se sabe que contaban con una compleja organización económica, política y religiosa; determinada de manera importante por su cosmovisión en donde las diferentes manifestaciones de las fuerzas de la naturaleza fueron convertidas en deidades, dando origen a una vasta y complejísima red de dioses y mitos.
Los seres humanos, el maíz y el calendario permean y determinan la consolidación de la cultura y el origen del poder. Las historias narradas en edificios, estelas, murales, cerámica y códices, son la transformación del conocimiento en materia (la idea en objeto). A través de la obra, el artista interpreta y materializa un mundo sobrenatural por medio de formas, volúmenes y color, para producir en el espectador una experiencia mística y tender un puente entre el hombre y su cosmovisión.